Regresa a Casa Querido Hijo Mío - 11 de Julio 2011 - Blog - SANTA MARIA TRONO DE SABIDURIA

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Regresa a Casa Querido Hijo Mío
 Hace tanto tiempo que intento charlar contigo, pero me ignoras, no me haces caso. Le dices a los demás que sigues experimentando mi presencia para que no te hablen, ni te digan nada, pero tú sabes muy bien, que ya no eres el mismo de antes. Hubo tantas personas y situaciones que marcaron tu vida y permitiste que eso pesara más que el gran amor que tengo hacia ti y que yo sé que aún sientes por mí.
 
¿Por qué te intentas escapar de mis manos? Has sentido tantas veces mi llamado y haces como que no me escuchas. Pero en las noches muchas veces callado y envuelto en llanto me pides perdón porque sabes que soy yo quien he usado tantas señales para demostrarte que aún sigo aguardando tu llegada.
 
Me entristeció tanto el día que decidiste irte porque yo no soy culpable de lo que el ser humano bajo su propia "libertad” y "criterio” hace. Yo te he amado con un amor grande y tierno desde el principio. Mis ojos brillan de afecto hacia ti, pero no lo puedes percibir, porque estás concentrado en el pasado.
 
Te has quedado estancado en lo que quedo atrás y no has permitido que yo te ayude a darle vuelta a los ojos. Pero hoy vuelvo a llamarte una vez más. Quiero rescatarte de ese mundo que nada te ofrece, de esas personas que dicen quererte, pero que en realidad son hipócritas contigo. Quiero darte más de lo que tuviste porque todavía estás a tiempo de ser usado por mí, de ser mi instrumento, mi vaso escogido.
 
¡No temas! Solo quiero que sientas paz, que goces nuevamente de amor cercano. No voy a reprocharte porque tú sabes y sientes ya una carga demasiado pesada. Yo no quiero añadirte más carga, deseo liberarte de ellas, para que puedas aligerar tu paso. Pues ese peso que arrastras y que tanto te agobia y duele, no proviene de mí, sino que provienen de la ausencia de mi presencia en tu ser.
 
¡Ven a mis brazos que te estoy susurrando! Deja que yo con mis manos te vuelva a hacer, que repare tu corazón pieza por pieza. No te digo que el proceso no será doloroso, pero si te digo que serás renovado, limpiado, purificado y restaurado. Y volverás a sentir ríos de agua viva fluyendo por todo tu ser. Cantarás de tanta alegría. No me rechaces más. Deja lo que estás haciendo, traspasa lo que te estorba llegar hacia mí y ven a recibir todo este amor puro que tengo para entregarte.
 
Por tu bienestar, hijo mío, regresa nuevamente a los brazos, al hogar de tu Padre Amante que te está esperando con emoción y ternura.
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1 VIOLETA DE ARGUMEDO   (2011-07-12 10:39 AM)
¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida!»

Hoy, el Evangelio nos habla del juicio histórico de Dios sobre Corozaín, Cafarnaúm y otras ciudades: «¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que (...) se habrían convertido» (Mt 11,21). He meditado este pasaje entre sus negras ruinas, que es todo lo que queda de ellas. Mi reflexión no me ha llevado a alegrarme del fracaso que sufrieron. Pensaba: en nuestras poblaciones, en nuestros barrios, en nuestros casas, por ellas también pasó el Señor y... ¿qué caso se le hizo?, ¿qué caso le he hecho yo?

Con una piedra en la mano, me he dicho para mis adentros: algo así quedará de mi existencia histórica, si no vivo responsablemente la visita del Señor. He recordado al poeta: «Alma, asómate ahora a la ventana: verás con cuánto amor llamar porfía», y avergonzado reconozco que yo también he dicho: «Mañana le abriremos... para lo mismo responder mañana» (Lope de Vega).

Cuando cruzo las inhumanas calles de nuestras “ciudades dormitorio”, pienso: ¿qué se puede hacer entre estos habitantes con quienes me siento incapaz de establecer un dialogo, con quienes no puedo compartir mis ilusiones, a quienes me resulta imposible trasmitir el amor de Dios? Recuerdo, entonces, el lema que escogió san Francisco de Sales al ser nombrado obispo de Ginebra —el máximo exponente de la Reforma protestante— en aquel tiempo: «Donde Dios nos plantó, es preciso saber florecer». Y si con una piedra en la mano meditaba el juicio severo de Dios que puede recaer sobre mí, en otros momentos —con una florecilla silvestre, nacida entre los hierbajos y el estiércol de la alta montaña— pienso que no debo perder la Esperanza. Debo corresponder a la bondad que Dios ha mostrado conmigo, y así mi pequeña generosidad depositada en el corazón del que saludo, la mirada interesada y atenta hacia el que me pide una información, mi sonrisa dirigida al que me cede el paso, florecerá en un futuro. Y nuestro entorno no perderá la Fe.

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